Cuando empecé Mantequilla, estaba convencido de que iba a leer un thriller. La premisa parecía demasiado buena como para conducir a otra parte. Tres hombres habían muerto en circunstancias completamente distintas. Uno sufrió una sobredosis de somníferos, otro apareció ahogado en la bañera y el último cayó a las vías del tren. Cada muerte podía explicarse como un accidente o incluso como una decisión de la propia víctima. Sin embargo, los tres compartían un mismo detalle. Poco antes de morir habían mantenido una relación con la misma mujer.
Su nombre era Manako Kajii.
Aunque nunca apareció una prueba definitiva que demostrara que ella había provocado esas muertes, Manako Kanjii fue condenada a cadena perpetua. Ese vacío entre lo que podía demostrarse y aquello de lo que todos parecían convencidos es el lugar donde comienza la novela. También es el lugar donde empieza la obsesión de Rika Machida, una periodista que decide investigar el caso por su cuenta.
Hasta ahí, todo parecía seguir las reglas de una novela criminal. Había un caso sin resolver del todo, una mujer convertida en una figura casi monstruosa por la opinión pública y una periodista dispuesta a encontrar aquello que nadie más había visto. Yo esperaba interrogatorios, contradicciones y pequeños detalles capaces de cambiar por completo el sentido de la historia.
Pero la primera pista que encuentra Rika no aparece en un expediente judicial. Aparece en un blog.
Antes de ser arrestada, Manako escribía con frecuencia sobre comida. No eran simples recetas ni recomendaciones de restaurantes. Había una fascinación casi obsesiva por los ingredientes, por la calidad de una mantequilla, por el origen de una carne o por la diferencia entre un producto auténtico y una imitación. Mientras el resto del mundo intentaba reconstruir tres muertes, ella parecía mucho más interesada en explicar por qué una mantequilla francesa sabía distinta a una japonesa o qué hacía inolvidable un estofado preparado con paciencia.
Recuerdo haber pensado que aquello era un detalle curioso, después entendí que no lo era.
Rika intenta entrevistar a Manako en varias ocasiones, pero recibe siempre la misma respuesta. Un rechazo. La mujer de la que todos hablan parece no tener ningún interés en defenderse ni en contar su versión de los hechos. Hasta que Reiko, la mejor amiga de Rika, le hace una observación muy sencilla. Quizá está intentando entrar por la puerta equivocada.
Si Manako ha construido una parte importante de su identidad alrededor de la comida, tal vez la única forma de acercarse a ella no sea preguntándole por los asesinatos, sino por aquello que realmente le importa. Rika decide probar. En lugar de pedirle una entrevista sobre el caso, le escribe para preguntarle por la receta del estofado que preparó para uno de los hombres.
Y, por primera vez, Manako acepta verla.
Me parece fascinante que una novela construida alrededor de tres posibles asesinatos elija abrir la puerta de su personaje más enigmático mediante una receta de cocina. Ese primer encuentro marca el tono de todo lo que viene después.
Rika llega esperando respuestas sobre las muertes pero Manako deja claro desde el principio que no piensa hablar de las acusaciones. Habla de mantequilla, de arroz, de salsa de soya, del placer de cocinar y de lo que significa preparar un plato para otra persona. Cada vez que la conversación parece acercarse al crimen, Manako la desvía con absoluta naturalidad hacia otra dirección.
Por eso uno no puede evitar hacerse la misma pregunta que seguramente pasa por la cabeza de Rika. ¿Qué relación puede tener la comida con la muerte de estos hombres? Creo que ahí empieza realmente Mantequilla.
Hasta ese momento yo seguía leyendo una investigación criminal. Pensaba que la comida era una estrategia narrativa para conocer mejor a un personaje antes de llegar a la verdad. Sin embargo, conforme avanzaban las conversaciones entre Rika y Manako, empecé a sospechar que el libro estaba haciendo exactamente lo contrario.
No estaba utilizando la comida para llegar al crimen. Estaba utilizando el crimen para obligarnos a mirar la comida de otra manera. Y esa diferencia cambia por completo la lectura.
La comida como un paralelismo de la sociedad
Mientras avanzaba en la novela, empecé a notar que la comida nunca aparecía como un simple detalle de ambientación. Tampoco estaba ahí únicamente para reforzar la personalidad de Manako. Cada plato parecía decir algo que los personajes todavía no eran capaces de expresar con palabras.
Fue entonces cuando dejé de preguntarme qué relación tenía la comida con los asesinatos y empecé a hacerme otra pregunta. ¿Qué está intentando decir realmente esta novela cada vez que alguien cocina? Creo que la primera respuesta tiene que ver con el cuidado.
Preparar comida para otra persona exige tiempo. Exige atención. Implica conocer aquello que le gusta, aquello que rechaza y la forma en que quiere ser alimentada. Es uno de los gestos cotidianos más íntimos que existen y precisamente por eso Mantequilla lo convierte en su lenguaje principal.
Al principio podría parecer que cocinar es simplemente una forma de expresar cariño. Sin embargo, cuanto más avanzaba, más evidente resultaba que la novela estaba hablando de algo bastante más complejo. La comida también puede convertirse en una expectativa. Puede transformarse en una medida silenciosa del valor de una mujer.
No creo que Asako Yuzuki esté diciendo que cocinar sea, por definición, una forma de opresión. Lo que pone sobre la mesa es otra pregunta. ¿Qué ocurre cuando un acto que podría ser una elección termina convirtiéndose en una obligación? ¿Qué ocurre cuando una mujer siente que debe cuidar a los demás para demostrar que merece ser querida?
La novela nunca responde esas preguntas de manera explícita. Las deja aparecer en pequeñas conversaciones, en recetas, en la forma en que unos personajes comen mientras otros sirven la mesa, en quién disfruta realmente de la comida y quién parece incapaz de hacerlo sin sentir culpa.
Fue ahí cuando empecé a pensar que Mantequilla no hablaba tanto de gastronomía como de las expectativas que otras personas depositan sobre las mujeres. Se espera que cuide, que alimenten, que sostengan, que controlen su cuerpo o que no pidan demasiado a cambio. Son expectativas que la novela sitúa dentro de un contexto muy específico, pero cuya lógica resulta inquietantemente familiar incluso fuera de él.
¿Quién es realmente Manako Kajii?
Y entonces aparece Manako. Creo que buena parte de la fuerza del personaje nace de que rompe varias de esas reglas al mismo tiempo. Manako come con placer. No parece avergonzarse de su cuerpo. No intenta ocupar menos espacio para que los demás se sientan cómodos. Habla de comida con un deseo que rara vez aparece asociado a personajes femeninos. No vive intentando parecer una buena mujer.
Precisamente por eso resulta tan incómoda.
Durante buena parte del libro me pregunté si esa incomodidad nacía realmente de las acusaciones o si, en el fondo, ya estaba presente antes de que ocurrieran las muertes.
Porque Manako no solo desafía la imagen de una mujer inocente, también desafía la imagen de una mujer correcta. Eso no significa que la novela quiera convertirla en una heroína. Creo que ocurre exactamente lo contrario. Manako es manipuladora, mentirosa, y controla las conversaciones. A veces parece disfrutar viendo cómo las personas intentan descifrarla. En otras ocasiones da la impresión de que construye una versión distinta de sí misma dependiendo de quién tenga delante.
Nunca terminé de confiar completamente en ella y creo que la novela tampoco quiere que lo hagamos. Lo interesante es que tampoco nos permite rechazarla con facilidad.
Cada vez que creemos haber entendido quién es, aparece una nueva contradicción. Cada vez que parece monstruosa, deja ver una grieta inesperada. Cada vez que parece vulnerable, recupera el control de la conversación.
Muy pronto dejé de pensar en Manako como una posible culpable o una posible inocente. Empecé a verla como un personaje imposible de reducir a una sola categoría, y creo que ese es uno de los mayores logros de la novela.
No intenta resolver a Manako. Nos obliga a convivir con ella. Sin embargo, hubo algo que me llamó todavía más la atención.
Una transformación compartida pero involuntaria
Al principio del libro, Manako deja entrever un profundo desprecio hacia las mujeres. Desconfía de ellas, las juzga con dureza y parece convencida de que nunca podría construir una amistad verdadera con otra mujer. Durante mucho tiempo interpreta las relaciones femeninas como espacios atravesados por la competencia, la envidia o la hipocresía.
Por eso me sorprendió tanto lo que empieza a ocurrir con Rika. Su relación nunca deja de ser extraña ni se vuelve completamente honesta. Ni siquiera diría que llega a ser una amistad convencional. Pero, poco a poco, ambas empiezan a reconocerse de una forma que contradice todo lo que Manako decía creer sobre las mujeres. Esa contradicción me parece mucho más interesante que cualquier intento por resolver el misterio policial.
Ya que mientras Rika intenta comprender a Manako, Manako también empieza a mirar a Rika de una manera distinta. No porque deje de manipularla, eso nunca desaparece. Lo que cambia es que, por primera vez, parece encontrar en otra mujer a alguien digno de su atención. Creo que ese detalle transforma la lectura.
Hasta entonces había pensado que la novela trataba sobre una periodista intentando comprender a una asesina. A partir de ese momento empecé a verla como la historia de dos mujeres que, casi sin proponérselo, empiezan a desmontar las certezas con las que habían aprendido a protegerse. Y esa transformación no termina en ellas.
Esa es quizá una de las decisiones narrativas que más me gustó de Mantequilla. El encuentro entre Rika y Manako empieza a irradiarse hacia las mujeres que las rodean.
Reiko deja de ser únicamente la amiga que impulsa la investigación y comienza a revisar su propia vida. Anna aporta una mirada completamente distinta sobre Manako y obliga a replantear algunas certezas. Incluso las mujeres relacionadas con las víctimas revelan formas diferentes de cargar con el cuidado, la culpa o el abandono.
Es como si la novela fuera construyendo una conversación entre mujeres que nunca habría ocurrido sin ese crimen. Y cuanto más avanzaba, más evidente me parecía que el verdadero misterio ya no estaba en descubrir quién había matado a esos tres hombres. El misterio estaba en entender por qué todas estas mujeres habían aprendido a vivir tan separadas unas de otras y qué ocurría cuando, por primera vez, empezaban a mirarse sin el papel que el mundo esperaba de ellas.
La culpa de Rika
Hay un momento en la novela en que la investigación deja de avanzar hacia afuera y empieza a avanzar hacia adentro.
No ocurre de forma brusca. De hecho, casi pasa desapercibido. Rika sigue visitando a Manako, sigue tomando notas y sigue intentando reconstruir lo que ocurrió con aquellos tres hombres. Desde afuera, todo parece continuar igual. Sin embargo, poco a poco resulta evidente que la periodista ya no está investigando únicamente a otra persona, también se está investigando a sí misma.
Creo que esa es una de las decisiones más inteligentes de la novela. Rika no llega a Manako como una observadora neutral. Al principio da la impresión de que simplemente quiere escribir un gran reportaje, pero conforme ambas empiezan a conocerse entendemos que hay algo mucho más profundo sosteniendo esa obsesión. Manako es la primera en verlo.
En uno de los momentos más incómodos de la novela, le sugiere a Rika que su interés por el caso no nace únicamente del periodismo. Detrás de esa insistencia hay una culpa que lleva años acompañándola. La culpa por la muerte de su padre.
Hasta entonces, Rika había tratado ese episodio como un recuerdo doloroso que pertenecía al pasado. Manako, en cambio, lo coloca en el centro de la conversación y le plantea una posibilidad inquietante. Quizá necesita demostrar que ella no es responsable de aquella muerte del mismo modo que necesita demostrar que Manako tampoco lo es de las otras.
No importa si la teoría de Manako es completamente cierta, lo importante es que obliga a Rika a hacerse una pregunta que nunca había querido formular. ¿Por qué me obsesiona tanto esta mujer? A partir de ese momento la investigación deja de buscar únicamente respuestas sobre Manako. Empieza a revelar las grietas de la propia Rika.
Comprende que durante años ha vivido desde la disciplina. Trabaja sin descanso, come de manera automática, reduce sus necesidades para no depender de nadie y confunde la independencia con la renuncia. Empieza a preguntarse cuántas de esas decisiones fueron realmente suyas y cuántas nacieron de la necesidad de convertirse en la mujer que creía que debía ser. Ahí apareció para mí la idea que terminó organizando toda la novela.
El hambre.
Las distintas formas del hambre
No creo que Mantequilla hable únicamente del hambre física. Creo que el hambre funciona como una forma de nombrar todas aquellas necesidades que los personajes han aprendido a esconder.
Rika tiene hambre de descanso, tiene hambre de afecto, tiene hambre de una vida que no esté organizada únicamente alrededor del rendimiento.
Manako tiene otra clase de hambre, quiere placer, quiere ser mirada, quiere recibir cuidados sin tener que disculparse por desearlos. Durante buena parte del libro pensé que ambas mujeres eran completamente opuestas, después entendí que compartían algo mucho más importante. Las dos tenían hambre. Solo habían aprendido maneras distintas de convivir con ella.
Pero esa idea no termina en ellas. Reiko también carga con su propia forma de carencia. Durante años ha organizado su vida alrededor de tener una familia perfecta hasta el punto de olvidar cuáles eran sus propios deseos. Incluso las mujeres relacionadas con las víctimas muestran distintas maneras de negociar con la culpa y con el abandono.
Fue entonces cuando dejé de pensar en el hambre como una metáfora individual. Cada mujer de la novela tiene la suya. Cada una intenta satisfacerla de una forma distinta y ninguna encuentra una respuesta completamente satisfactoria. Por eso creo que la comida termina funcionando como mucho más que un símbolo. Es el lugar donde todas esas necesidades invisibles se vuelven visibles.
Alguien cocina para demostrar amor, otra persona cocina porque siente que debe hacerlo, otra rechaza cocinar porque no quiere seguir interpretando un papel que otros eligieron por ella. Otra utiliza la comida para seducir y para controlar. El mismo gesto cambia completamente de significado dependiendo de quién lo realice.
Esa riqueza evita que la novela caiga en respuestas simples. Rika no representa una forma correcta de vivir y Manako tampoco es una figura liberadora a la que debamos admirar. Ambas son contradictorias, toman decisiones cuestionables y se relacionan con el mundo desde heridas que todavía no han logrado comprender.
Más que transformar una a la otra, cada una obliga a la otra a mirar aquello que llevaba años evitando. Rika cuestiona la vida que había construido desde la disciplina y la autosuficiencia, mientras Manako termina enfrentándose a una contradicción que atraviesa toda su identidad.
La deconstrucción de Manoko y Rika
Durante buena parte de la novela, Manako insiste en que las mujeres son incapaces de comprenderse entre ellas. Desconfía de los vínculos femeninos y afirma que nunca podría construir una amistad verdadera con otra mujer. Sin embargo, su relación con Rika termina contradiciendo esa certeza. No se convierten en amigas en un sentido convencional, pero entre la manipulación y la desconfianza construyen un vínculo que ninguna de las dos creía posible. Para mí, ese reconocimiento mutuo termina siendo tan importante como descubrir la verdad detrás de las tres muertes.
Esa transformación tampoco se limita a ellas. Reiko empieza a recuperar una parte de sí misma, mientras Anna obliga a Rika a revisar la imagen que había construido de Manako. Incluso las mujeres relacionadas con las víctimas revelan distintas formas de cargar con el cuidado y el abandono. La investigación funciona así como una onda expansiva que alcanza a todas ellas.
Un thriller que nunca quiso ser un thriller
Cuando cerré Mantequilla, comprendí que hacía muchas páginas había dejado de intentar resolver el caso. Me interesaba más entender qué había cambiado en esas mujeres después de encontrarse y qué parte de sus vidas había quedado expuesta a partir de esos vínculos.
Por eso nunca terminé de sentir que Mantequilla fuera realmente un thriller. El crimen y la investigación son el punto de partida, pero funcionan como la puerta de entrada a una historia sobre el cuidado, el deseo y las expectativas que condicionan la vida de sus personajes.


