Dos hombres, una celda y un encierro agotador.
Un espacio donde el tiempo se arrastra lento y, para sobrevivir, alguien tiene que inventar una salida.
Valentín y Molina pasan las noches antes de dormir “viendo” películas, proyectadas en la imaginación al ritmo de la voz de Molina. Y aunque comparten el mismo final entre esas paredes, vienen de lugares totalmente distintos.
Molina, por un lado, un hombre gay que cumple condena por un delito sexual. Haberse metido con un menor de edad. Valentín, por el otro, ha sido encerrado por su militancia revolucionaria. Luego de la tortura y aun así no confesó nada de lo que buscaban, es colocado junto con Molina. Y ahí, noche tras noche, se cuentan historias mientras se reparten pedazos de su vida anterior al encierro y sus formas de mirar el mundo.
Valentín tiene una mirada crítica hacia la sociedad y el gobierno, la idea de hacer un cambio grande incluso cuando el cuerpo ya no acompaña. Molina, en cambio, se mueve desde algo más cotidiano, más humano en lo pequeño: a sus 37 años se siente solo en el mundo; hay familia, hay gente, pero él busca a alguien a quien cuidar, alguien a quien hacer feliz. Dos maneras de resistir.
A pesar del contraste, el poco espacio que comparten los obliga a aprender algo del otro. Molina entiende la tenacidad y la idea de justicia de Valentín. Valentín, sin quererlo, va comprendiendo ese lado más tierno y desinteresado de Molina, esa bondad que lo caracteriza. La amistad se va tejiendo en un ambiente áspero, el de la Argentina de los 70, donde tanto la ideología política como una orientación sexual que no entra en los parámetros se castigan. Y que estén en la misma celda no es una coincidencia divina, hay planes de los carceleros.
La narrativa es de lo más interesante. Manuel Puig logra mostrar los matices de ambos casi únicamente a través de diálogos, y eso tiene algo poderoso: te mete en la celda. Respirando el mismo aire. Acompañando esa supervivencia miserable. Y cuando el vínculo empieza a tensarse y a transformarse, se siente como una telaraña: lenta, inevitable y pegajosa.
Y ahí está, para mí, el corazón del libro no es solo el encierro, es cómo la cercanía te cambia la perspectiva con el que miras al otro. Es una historia cruda y reflexiva sobre identidad e ideología, sobre cómo el poder intenta moldearte, pero también sobre cómo el afecto desordena certezas que uno juraba fijas.
Eso sí, hay momentos donde la historia pierde fuerza. Uno son las largas tramas de las películas: entiendo lo que buscaba (que vivamos ese escape), pero cuando ya vas por la tercera, la magia se diluye porque lo que importa de verdad es la pareja, lo que pasa entre ellos, lo que se dicen y lo que callan. Y otro punto son las anotaciones “científicas” que te sacan del clima que va armando la historia.
Igual, cuando el libro funciona, funciona de verdad. Y te quedas con ellos en la cabeza, incluso cuando cierras la última página.


